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– Mierda, mierda, mierda, mierda – el muchacho giraba por la habitación como si de un caótico torbellino se tratase. Sus manos levantaban todos los cuadernos y libros que había sobre la mesa, revisando hoja por hoja aquellos documentos mientras maldecía ruidosamente. Necesitaba el decodificador.

Con un movimiento rápido se volvió a colocar las gafas correctamente sobre la nariz.

Era una habitación amplia, pero no lo parecía de lo atestada que estaba. Las paredes estaban empapeladas con casi dos decenas de poster donde se mostraban ilustraciones de fantasiosos mundos aún no descubiertos pero si imaginados. Cuatro estanterías repletas de libros cubrían los huecos que los aquellos mundos les permitían.

El escritorio se apretujaba bajo la única ventana que aquel cuarto, impasible ante el huracán en el que el chaval poco a poco se estaba convirtiendo. Junto a él, una cama individual pulcramente arreglada se engalanaba con unas sábanas adornadas por grandes franjas de colores aleatorios. Y sobre la cama, esquivando sutilmente todo el empapelado de la habitación, cuatro baldas sostenían más de cien criaturas estáticas de pesado plomo.

El chico odiaba que le llamasen chaval, pero sin duda alguna era lo que parecía.

Tras ojear todos los posibles huecos de los libros que antes estaban bien ordenados sobre el escritorio, se lanzó como un león hacia la cama, retirando violentamente la colcha y sábanas. Allí, bajo la almohada que acababa de levantar no había nada. Agitó las sábanas y la colcha para asegurarse que allí no había nada.

– ¿Dónde demonios está? – susurró entre dientes.

Miró el reloj digital que portaba en su muñeca izquierda mientras se volvía a colocar las gafas en su sitio con la derecha y desesperó. Se lanzó de nuevo hacia el escritorio y volvió a agitar todos los cuadernos y libros que allí descansaban antes de su llegada.

Eran cerca de las cuatro de la tarde, y necesitaba aquellos códigos de encriptación. Era casi la hora de encontrarse con aquellos agentes, y sin aquel documento le sería imposible leer el mensaje que tenía que entregar. Era de vital importancia.

En el escritorio no estaba, lo sabía, ya lo había revisado tres veces, pero tenía la certeza de que era allí donde estaba. La imagen de aquella ruleta sobre el escritorio era clara en su mente. Pero no la escondió, y era lo que más lamentaba. Simplemente la dejó allí, sobre la mesa, para poder cogerla antes de salir al encuentro de su importante cita.

Miró sin moverse del escritorio hacia las estanterías. Sus ojos saltaron de una en otra fugazmente. Conocía todos los libros que en ellas descansaban.

– No, no, no, lo dejé en el escritorio, estoy seguro – se volvía a repetir.

Pero eso no evito que se abalanzará sobre una de ellas y comenzará a sacar los libros que le habían servido para crear aquella ruleta de encriptación. Dudando de su memoria y comprobando, para acrecentar su desesperación, que el disco que buscaba no estaba en aquellos libros.

Sus manos se colocaron tras su cabeza mientras apretaba fuertemente sus labios. ¿Dónde estaba aquella ruleta? Sin ella sería incapaz de leerles el mensaje a aquellos agentes.

Sus gafas se deslizaron de nuevo a la parte superior de su nariz empujadas por su dedo. Desde el centro de la habitación miró hacia todos lados, buscando una posible pista sobre la ubicación del documento.

La papelera. Rezó mentalmente para que el decodificador no estuviera allí.

Espía con decodificador

Sus rodillas golpearon fuertemente el suelo al tirarse de golpe hacia la papelera que había junto a su escritorio. La volcó sobre el suelo y comenzó a separar los papeles arrugados sin la más mínima esperanza. Pero allí tampoco estaba el decodificador.

Un golpe seco se oyó al final del pasillo, una puerta, y el claro sonido de unas llaves cayendo sobre el cuenco metálico que solían tener en el pequeño mueble caoba de la entrada del piso.

El chico, con dos grandes zancadas, se colocó junto a la puerta, asomando medio cuerpo por el pasillo y preguntó aún agitado: – ¿Mama?

– Hola cariño, ¿te comiste las lentejas? – la voz de la madre sonaba despreocupada. Con toda naturalidad soltaba aquellas pesadas bolsas sobre la pequeña mesa de la cocina. El chico apareció en la puerta de la misma.

– Mama, ¿has recogido mi cuarto?

– Pues claro, ya te dije que si no lo recogías tú lo iba a hacer yo.

– Si, si, lo sé, pero es que ahora no encuentro nada.

– Pues haberlo recogido tú.

– Vale, de acuerdo, pero estoy buscando una cosa que dejé en el escritorio y no la encuentro. Me están esperando en casa de Víctor y necesitan que lleve esa ruleta.

– ¿Ruleta?, no me suena.

– Venga mamaaa, es en serio. Lo necesitamos para poder decodificar el mensaje. Todos dependen de que lleve ese disco a la sesión.

– ¿Otra vez habéis quedado para jugar al rol?

– Si. Y necesitamos el decodificador.

– ¿El qué?

– El disco, es como una ruleta con dos discos que giran y tiene una ventanita para ver las letras del disco inferior. Es marrón, estaba en el escritorio, tienes que haberlo visto.

– Ojala pusieses la misma pasión en tus estudios.

– ¡Mama!

– Esta en la estantería de tus juegos. En la segunda balda, en el hueco que queda encima de los libros.

El chico corrió hacia su cuarto, sin mediar palabra alguna. Al girar para entrar en la habitación las gafas volaron chocando contra el recio pecho de Conan. Se frenó, recogió las gafas del suelo, y tras colocárselas correctamente revisó el poster de Conan para comprobar que no se había dañado tras el impacto. Las gafas se habían doblado un poco, pero eso era secundario.

Giro y metió la mano entre los libros y la balda superior, palpando a tientas hasta que su mano toco el conocido tacto de la cartulina del decodificador.

Lo miró durante un instante, comprobando que no se hubiera dañado, su madre no solía ser muy delicada al recoger sus cosas, pero todo estaba correcto.

Lo introdujo con cuidado en el interior de una carpeta de cartón azul. La carpeta a su vez en una raída mochila roja que descansaba junto a la puerta de la habitación. Y corrió.

Su madre apenas pudo oír su despedida antes de cerrar la puerta. Y él no prestó atención a la advertencia de su madre sobre la hora de vuelta a casa.

Lo que ocurriría aquella tarde era demasiado importante como para que importaran esas nimiedades. Aquella tarde sus amigos conseguirían descubrir por fin quien era el malvado espía que durante tantas sesiones les había hecho la vida imposible. Fueron casi cinco horas de investigaciones, persecuciones y tiroteos para que finalmente pudieran captura, gracias al decodificador,  al agente doble que tan inteligentemente casi les consigue vencer.

Chicos Exploradores

Aquella vez sus amigos eran agentes de una corporación parecida al FBI. En otras ocasiones los guió por mundos en los que los dragones surcaban los aires aterrorizando aldeas y ciudades. Hubo otros momentos en los que les acompañó por planetas de fauna y flora totalmente desconocida.

Pero el donde se representaban aquellas historias no era lo importante.

Idearlas, redactarlas y después vivirlas con ellos y sus personajes…, aquello si era grande. Aquello si le llenaba.

 

4 de Marzo

Universos de Papel os desea FELIZ DÍA DEL MASTER

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Abroyakin

Sin armadura ni escudero me enfrento a cualquier molino.

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